El último tren
El tren que baja de Santiago a Valparaíso no existe desde hace décadas, pero en la imaginación de Andrés siempre seguía corriendo. Por eso, cuando la empresa de turismo anunció que restaurarían un tramo del antiguo recorrido para un viaje conmemorativo de un solo día, compró el boleto sin pensarlo dos veces.
Tenía cuarenta y dos años, un divorcio amistoso, una hija de doce que vivía con él la mitad de la semana y una costumbre recién adquirida de hacer cosas sin pensarlo dos veces. Su terapeuta decía que era sano. Su hermana decía que era la crisis de los cuarenta. Andrés creía que era simplemente cansancio de pensar.
El vagón era de madera barnizada, con asientos de terciopelo verde y lámparas de bronce que alguien había pulido con devoción. Olía a aceite de máquina y a nostalgia. Andrés buscó su asiento, el catorce B, junto a la ventana, y se sentó a mirar el andén.
Fue entonces cuando la vio.
Camila caminaba por el pasillo con un boleto en la mano, revisando los números de los asientos. Tenía el pelo más corto que antes, con algunas canas que no se molestaba en esconder, y unas arrugas finas alrededor de los ojos que no estaban ahí la última vez. Pero caminaba igual: un poco inclinada hacia adelante, como si siempre fuera tarde a algún sitio importante.
Se detuvo frente al catorce A. Miró el boleto. Miró el asiento. Miró a Andrés.
El tiempo hizo algo raro en ese momento. Se dobló sobre sí mismo como una hoja de papel, y Andrés tuvo veintisiete años otra vez, de pie en el andén de la estación Mapocho, viendo cómo el tren se llevaba a la mujer que amaba hacia un puerto donde él no tenía lugar.
—No puede ser —dijo Camila.
—Hola, Cami.
Ella se sentó porque no había otra opción. El tren estaba lleno. El silbato sonó, largo y ronco, y los vagones empezaron a moverse con un temblor que les recorrió los huesos.
Durante los primeros diez minutos no hablaron. Miraban por la ventana los edificios de Santiago que se iban quedando atrás, las poblaciones, los cerros secos de finales de verano. Andrés sentía la presencia de ella a su lado como se siente el calor de una estufa: sin tocarla, sabía exactamente dónde estaba.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó ella al fin.
—Compré el boleto. ¿Y tú?
—Lo mismo.
—¿Casualidad?
Camila se rio, con esa risa corta y seca que siempre parecía sorprenderla a ella misma.
—Andrés, tú y yo sabemos que no creo en las casualidades.
No, no creía. Era bióloga marina y creía en las corrientes, en las mareas, en los ciclos que se repiten. Por eso se había ido a Valparaíso quince años atrás: le ofrecieron un puesto en un laboratorio que estudiaba los bosques de algas de la costa central. Era la oportunidad de su vida. Andrés acababa de entrar a un estudio de arquitectura en Santiago y no podía, o no quiso, o tuvo miedo de seguirla. Nunca supo bien cuál de las tres.
La última conversación fue en ese andén. Ella le pidió que viniera. Él le pidió que se quedara. Ninguno cedió. El tren partió, y con él se fueron cinco años de relación, un perro que se quedó con ella y una cantidad indecente de planes.
—Te casaste —dijo Camila, mirando la marca pálida en el dedo de Andrés donde antes había un anillo.
—Me divorcié. Hace dos años. Tengo una hija, Julieta. Doce años. Quiere ser bióloga marina, fíjate.
Camila giró la cabeza tan rápido que el pelo le golpeó la mejilla.
—¿En serio?
—En serio. Vio un documental sobre pulpos a los siete años y desde entonces no habla de otra cosa. —Andrés sonrió—. A veces pienso que el universo tiene un sentido del humor muy particular.
—¿Y tú? —preguntó él, después de un silencio—. ¿Te casaste?
—No. Estuve con alguien varios años. Un oceanógrafo francés. Muy guapo, muy inteligente, muy francés. —Hizo un gesto vago con la mano—. Se fue a Marsella. Yo no lo seguí.
—Parece que tienes un patrón.
—Parece que el patrón lo tienen los hombres que se van en la dirección equivocada.
Andrés se rio, y ella también, y algo en el aire del vagón se aflojó.
El tren cruzó los túneles de la cordillera de la costa. En la oscuridad, las lámparas de bronce iluminaban el vagón con una luz dorada, y Andrés pudo ver el reflejo de ambos en la ventana: dos personas de mediana edad, cansadas y un poco asustadas, sentadas muy cerca.
—Yo tenía miedo —dijo él, en medio del túnel, porque en la oscuridad era más fácil—. Esa es la verdad. No era el trabajo. Era que tú sabías exactamente lo que querías y yo no. Pensé que si te seguía, iba a vivir siempre a tu sombra. Que tú tendrías tu vida y yo tendría la tuya.
Camila se quedó callada mucho tiempo. El tren salió del túnel y la luz del valle de Casablanca entró de golpe, blanca, llena de viñedos.
—Yo también tenía miedo —dijo ella—. Por eso no me quedé. Pensé que si me quedaba, un día te iba a odiar por haberme quedado. Y no quería odiarte.
—¿Y ahora?
—Ahora no sé si te odio. —Sonrió de lado—. Estoy evaluando.
Hablaron el resto del viaje. De todo y de nada. De los padres que habían envejecido, de los amigos que se casaron, de los que murieron. Del terremoto del 2010 y dónde estaba cada uno esa madrugada. De libros, de películas, de la tristeza particular de los domingos. Andrés le mostró fotos de Julieta en el acuario, con la cara pegada al vidrio. Camila le mostró fotos de los bosques de algas, enormes y ondulantes como catedrales sumergidas.
—Me gustaría que ella los viera —dijo él—. Algún día.
—Puede venir al laboratorio cuando quiera. Tenemos programas para escolares.
—¿Lo dices en serio?
—Yo siempre hablo en serio. Esa era una de las cosas que te molestaban.
Era cierto. Andrés lo había olvidado. Había olvidado muchas cosas, y estaba descubriendo con sorpresa que recordarlas no le dolía. Al contrario: era como volver a una casa de infancia y descubrir que las habitaciones seguían ahí, con los muebles cubiertos de sábanas, esperando.
—¿Y Brújula? —preguntó de pronto.
Brújula era el perro. Un quiltro color canela con una oreja parada y otra caída, que habían rescatado juntos de la calle una noche de lluvia y que, según Camila, tenía mejor sentido de la orientación que cualquier humano.
El rostro de ella cambió apenas.
—Murió hace cuatro años. Vivió catorce. Fue feliz. Le encantaba la playa, aunque le tenía miedo a las olas. Se paraba en la orilla y les ladraba como si pudiera convencerlas de retroceder.
—Lo siento.
—Yo también. —Camila miró sus manos—. ¿Sabes qué es lo raro? Cuando murió, lo primero que pensé fue en avisarte. Tomé el teléfono y todo. Busqué tu número. Después me acordé de que no hablábamos hacía once años y que tú tenías una esposa y una vida, y que llamar para decir que murió un perro era absurdo.
—No era absurdo. —Andrés tragó saliva—. Me habría gustado saberlo.
—Bueno, ya lo sabes.
Se quedaron callados un momento, y en ese silencio cupo algo parecido a un duelo compartido, tardío y extrañamente reconfortante. Andrés pensó que había pasado quince años convencido de que su historia con Camila era un libro cerrado. Ahora entendía que solo había sido un capítulo interrumpido a mitad de frase.
Afuera, los viñedos daban paso a los primeros eucaliptos, y el aire que entraba por la ventana entreabierta empezaba a oler, muy levemente, a mar.
El tren llegó a Valparaíso al atardecer. Los cerros estaban encendidos de color, las casas pintadas de amarillo, de azul, de rosa, trepando unas sobre otras hacia el cielo. El mar al fondo era un espejo naranja.
Bajaron al andén. La gente se dispersaba con cámaras y sombreros. Camila se detuvo junto a un poste de hierro forjado.
—Yo vivo aquí —dijo—. A diez minutos. En el cerro Alegre.
—Lo sé. Vi tu dirección en el directorio del laboratorio. Hace años. —Andrés se rascó la nuca—. No me juzgues.
—Te juzgo un poco.
Se miraron. El viento del mar traía olor a sal y a pescado frito de los puestos del puerto.
—El tren de regreso sale en una hora —dijo él.
—Sí.
—Podría no tomarlo.
Camila lo estudió con esos ojos de científica que miden todo antes de decidir.
—Quince años atrás —dijo despacio— estábamos en un andén y uno de los dos se fue. Esta vez estamos en otro andén. La diferencia es que ahora los dos llegamos al mismo lugar.
—¿Eso es un sí?
—Es una hipótesis. —Le tendió la mano—. Hay que comprobarla.
Andrés tomó su mano. Era más áspera de lo que recordaba, de trabajar con cuerdas y redes y agua salada. Le gustó más así.
Subieron juntos por los ascensores antiguos del cerro, esos cajones de madera que trepan la ladera con un chirrido de poleas. Desde arriba, la bahía se veía entera, con los barcos encendiendo sus luces uno por uno.
Andrés perdió el último tren de regreso. Al día siguiente llamó a su hermana para que recogiera a Julieta del colegio. Una semana después, Julieta conoció los bosques de algas y volvió a Santiago anunciando que de grande viviría en Valparaíso.
Un año después, Andrés diseñó una casa pequeña en el cerro Alegre, con una ventana enorme mirando al mar y un cuarto extra lleno de acuarios.
La construyó sin pensarlo dos veces.