Fantasía – Bakanary https://bakanary.com Historias que atrapan desde la primera frase Sun, 01 Nov 2026 11:37:37 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=7.1.4 https://bakanary.com/wp-content/uploads/2026/10/bakanary-favicon.png Fantasía – Bakanary https://bakanary.com 32 32 La niña que coleccionaba tormentas https://bakanary.com/la-nina-que-coleccionaba-tormentas/ https://bakanary.com/la-nina-que-coleccionaba-tormentas/#respond Mon, 02 Nov 2026 01:00:00 +0000 https://bakanary.com/2026/10/19/la-nina-que-coleccionaba-tormentas/ Guardaba los relámpagos en frascos de mermelada, y una noche olvidó cerrar uno.

Se llamaba Alba y vivía en lo alto de Piedralta, un pueblo colgado de la montaña donde llovía casi todos los días. Las casas tenían techos de teja oscura, las calles subían y bajaban como escaleras torcidas y, desde cualquier ventana, se veían las nubes pasar tan cerca que parecía posible tocarlas con la mano. Mientras los demás niños corrían a esconderse debajo de las mesas cuando el cielo tronaba, ella subía a la azotea con una red de cazar mariposas y una bolsa de tela llena de frascos vacíos.

Todo había empezado a los seis años, por accidente. Una tarde de agosto, mientras ayudaba a su abuela Remedios a recoger la ropa tendida, cayó un relámpago tan cerca que el aire olió a hierro. Alba levantó el frasco de mermelada de mora que llevaba en la mano, sin saber muy bien por qué, y algo pequeño y brillante se metió adentro. La abuela le tapó el frasco con la palma, la miró con los ojos muy abiertos y, después de un largo silencio, dijo solamente: «Eso no se le cuenta a nadie».

Nadie supo nunca cómo lo hacía. Ni siquiera ella podía explicarlo del todo. Esperaba con paciencia, con los ojos entrecerrados y la respiración lenta, escuchando el cielo como quien escucha una conversación en el cuarto de al lado. Sabía que antes de cada relámpago había un instante en que el aire se quedaba quieto, como si contuviera el aliento. En ese instante levantaba la red. Y cuando la luz caía cerca, la atrapaba en el aire como quien atrapa una luciérnaga en una noche de verano. Luego la pasaba con cuidado a un frasco y le enroscaba la tapa. Adentro, la luz se quedaba quieta, zumbando bajito, iluminando su cuarto de un azul tembloroso.

Con los años se volvió una experta. Aprendió que los relámpagos de la madrugada eran tímidos y había que esperarlos sin moverse, que los de la tarde eran confiados y casi se dejaban atrapar, y que los que caían sobre el río venían siempre mojados y tardaban en encenderse dentro del frasco. Aprendió también a reconocerlos por el sonido: unos zumbaban como abejas, otros crepitaban como leña seca y algunos, muy pocos, cantaban una nota aguda que solo se oía de noche, con la casa en silencio.

Tenía doscientos catorce. Los ordenaba por tamaño en las repisas que su abuela le había ayudado a clavar en la pared: relámpagos de verano, finos como hilos de coser; relámpagos de invierno, gruesos y gruñones, que golpeaban el vidrio cuando alguien azotaba una puerta; relámpagos de abril, amarillentos y nerviosos. Cada frasco llevaba una etiqueta escrita con lápiz: la fecha, la hora, el lugar exacto donde lo había atrapado. Y en la repisa más alta, separado de los demás, había uno muy pequeño, rosado, que había caído el día de su décimo cumpleaños, justo cuando soplaba las velas en el patio.

Ese era su favorito. A veces, cuando no podía dormir, bajaba el frasco y lo ponía sobre la almohada. El relámpago rosado no zumbaba como los otros. Se movía en círculos lentos, como si buscara algo, y cuando Alba acercaba la cara al vidrio, la luz se acercaba también.

En Piedralta nadie sospechaba nada. Los vecinos comentaban, eso sí, que las tormentas se habían vuelto más raras en los últimos años. Ya no eran como antes, decían los viejos en la plaza. Ahora el cielo tronaba durante horas sin descargar, rugía sobre los tejados como un animal que no encuentra la salida, y cuando por fin caía un rayo, caía con una furia que nadie recordaba. Don Eusebio, el del observatorio abandonado, apuntaba en su libreta que cada invierno las tormentas duraban más y que el cielo parecía estar buscando algo que se le hubiera perdido.

Alba oía esas conversaciones de camino a la escuela y no les daba importancia. Pensaba que el cielo era tan grande que no podía extrañar doscientas catorce luces pequeñas. Su abuela, en cambio, se quedaba callada cada vez que alguien hablaba de las tormentas, y a veces la miraba largo rato desde la cocina, como si quisiera decirle algo y no encontrara las palabras.

La noche en que olvidó cerrar uno fue una noche cualquiera de octubre. Había llegado cansada de la azotea, empapada, con un relámpago nuevo, delgado y plateado, que había atrapado sobre el campanario. Lo puso en la repisa, se quitó las botas mojadas y se quedó dormida antes de terminar de enroscar la tapa. La rosca quedó floja, apenas media vuelta.

El relámpago salió despacio, como un gato que se estira después de una siesta larga. Primero asomó una puntita de luz por el borde del frasco, luego un hilo, luego todo su cuerpo plateado, que flotó un momento sobre la repisa sin saber muy bien qué hacer. Recorrió el cuarto de esquina a esquina. Se detuvo frente a la ventana cerrada. Y después volvió hacia las repisas, olfateó los demás frascos uno por uno y, con una paciencia que parecía aprendida de la misma Alba, empezó a desenroscar sus tapas.

Alba despertó con el cuarto convertido en cielo. Doscientos catorce relámpagos daban vueltas sobre su cama, chocando contra el techo, rozando las paredes, enredándose en las cortinas sin quemarlas. El aire olía a lluvia y a hierro. Los frascos vacíos tintineaban en las repisas. Y todos los relámpagos, los finos y los gruesos, los tímidos y los nerviosos, se movían en la misma dirección: hacia la ventana.

Pudo haberlos atrapado otra vez. Tenía la red al alcance de la mano, apoyada contra la mesita de noche. Le habría tomado una hora, quizá dos, pero conocía a cada uno y sabía cómo esperarlos. Se incorporó en la cama y estiró el brazo.

Entonces los vio de verdad por primera vez. No uno por uno, encerrados en sus frascos con sus etiquetas de lápiz, sino todos juntos. Vio cómo se buscaban unos a otros en el aire, cómo los delgados se enroscaban alrededor de los gruesos, cómo los de verano y los de invierno, que nunca se habían visto, se reconocían al instante. Vio cómo se golpeaban suavemente contra el vidrio de la ventana, una y otra vez, con una insistencia que no era rabia sino nostalgia. Y recordó a don Eusebio, y las tormentas que rugían sin descargar sobre Piedralta, y la mirada de su abuela desde la cocina.

Entendió algo que nunca había pensado: los relámpagos no caen solos porque quieren. Caen solos porque se pierden. Cada uno que ella había guardado era uno que el cielo seguía buscando.

Alba bajó el brazo. Dejó la red donde estaba. Se levantó descalza, cruzó el cuarto entre las luces que se apartaban para dejarla pasar y abrió la ventana.

Durante un segundo nadie se movió. Después, el primer relámpago salió despacio, casi con miedo, como si no creyera que era cierto. El segundo lo siguió. Y luego todos los demás, uno detrás de otro, en una fila larga y ordenada, sin empujarse.

Esa noche, en el pueblo, todos vieron la tormenta más extraña de su historia. Los vecinos salieron a los balcones en pijama, los perros dejaron de ladrar, don Eusebio subió corriendo al observatorio con su libreta. Era una tormenta que no caía, sino que subía. Doscientas catorce luces volviendo al cielo en fila desde una ventana del barrio alto, como una procesión silenciosa. Arriba, las nubes se abrieron para recibirlas, y por primera vez en muchos años el trueno no sonó como un rugido, sino como un suspiro largo y profundo.

Al día siguiente llovió sobre Piedralta una lluvia tranquila, de esas que no asustan a nadie. Y en los meses que siguieron, las tormentas volvieron a ser como antes: breves, ruidosas, inofensivas.

Cuando la abuela Remedios entró al cuarto esa mañana, encontró a Alba sentada en el suelo, rodeada de frascos vacíos. No le preguntó nada. Se sentó a su lado, le pasó un brazo por los hombros y se quedaron así un buen rato, mirando por la ventana abierta.

Alba se quedó con un solo frasco: el pequeño, el rosado, el de su cumpleaños. Esa noche no había querido salir con los demás. Se había quedado flotando junto a su almohada, girando en sus círculos lentos, y cuando la última luz desapareció en el cielo, volvió solo a su frasco. Alba no lo volvió a cerrar nunca más.

Dicen en Piedralta que cada año, el día del cumpleaños de Alba, se ve una luz rosada recorriendo el pueblo de noche. Pasa por la plaza, por el campanario, por el observatorio de don Eusebio, por encima del río. Saluda a las nubes y a los tejados. Y siempre, siempre, vuelve a casa antes del amanecer.

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El mercado de los sueños https://bakanary.com/el-mercado-de-los-suenos/ https://bakanary.com/el-mercado-de-los-suenos/#respond Sun, 01 Nov 2026 10:47:50 +0000 https://bakanary.com/?p=81 Benjamín tenía diez años y la misma pesadilla todas las noches desde hacía un mes.

Siempre empezaba igual. Estaba en su cuarto, en la cama, y se despertaba porque olía algo raro. Un olor dulzón, pesado, que se le metía por la nariz y le daba dolor de cabeza. Se levantaba. Iba al pasillo. El pasillo estaba lleno de una niebla amarilla. Y al final del pasillo, en la puerta de la cocina, había un hombre de humo con los brazos abiertos que le decía: Despierta. Despiértalos. Despierta.

Ahí se despertaba de verdad, gritando, empapado en sudor.

Su mamá le decía que eran nervios por el cambio de escuela. Su papá le decía que no viera tantos videos de miedo. Su abuela Ernestina, que vivía con ellos desde que enviudó, no le decía nada. Solo lo miraba con una cara rara y le dejaba una ramita de ruda debajo de la almohada.

La ruda no funcionó.

Una noche, después de despertarse gritando por décima vez esa semana, Benjamín no pudo volver a dormir. Se asomó a la ventana. Su casa daba al río, un río sucio y lento que atravesaba la ciudad, con un puente viejo de hierro que nadie usaba porque estaba cerrado desde hacía años.

Debajo del puente había luces.

No eran faroles. Eran luces de colores, pequeñas, que flotaban en el aire como luciérnagas. Y se escuchaba música. Una música suave, de acordeón y campanitas, que llegaba hasta su ventana como si viniera de muy lejos.

Benjamín se puso los tenis, el suéter, y salió por la ventana. Era la primera vez en su vida que hacía algo así.

Debajo del puente había un mercado.

Puestos de madera con techos de tela, iluminados con lámparas de colores. Vendedores que no se parecían a ninguna persona que Benjamín hubiera visto: una mujer altísima con el pelo hecho de nubes, un viejo pequeño con alas de polilla, un hombre con cara de gato y bigotes de plata. Y compradores que paseaban entre los puestos con bolsitas de terciopelo, mirando la mercancía con atención.

La mercancía eran canicas.

Canicas de vidrio de todos los tamaños y colores, ordenadas en cajas, en cestos, en bandejas forradas de seda. Y adentro de cada canica, si uno la miraba de cerca, se movía algo. Una playa con gaviotas. Un vuelo sobre una ciudad de noche. Una fiesta con globos. Un perro corriendo en un campo de girasoles.

Eran sueños.

—Bienvenido al Mercado de la Medianoche, joven —dijo una voz.

Era el hombre con cara de gato. Tenía un puesto pequeño con un letrero que decía Compra y venta. Sueños de segunda mano. Precios justos. Llevaba un chaleco de terciopelo morado y un monóculo en el ojo derecho.

—Tienes cara de quien carga algo pesado —dijo, inclinándose hacia Benjamín—. ¿Una pesadilla, tal vez?

Benjamín asintió, con la garganta seca.

—Todas las noches.

—Ah. Las recurrentes son las más cansadoras. —El hombre gato sacó de debajo del mostrador un aparato de latón con forma de embudo—. Yo te la compro. Me pones esto en la frente, cierras los ojos y piensas en ella. La sacamos y la guardamos en una canica. A cambio, te doy un sueño bonito. El que quieras del catálogo.

—¿Para qué quiere usted una pesadilla?

El hombre gato sonrió, mostrando unos dientes pequeños y afilados.

—Hay coleccionistas para todo, joven.

Benjamín no lo pensó mucho. Estaba demasiado cansado. Se puso el embudo de latón en la frente, cerró los ojos y pensó en la niebla amarilla, en el olor dulzón, en el hombre de humo con los brazos abiertos.

Sintió un tirón suave detrás de los ojos, como cuando se quita una curita. Y después, un alivio enorme.

Cuando abrió los ojos, el hombre gato sostenía una canica gris, opaca, con algo amarillo moviéndose adentro. La guardó en un cajón con llave.

—Ahora elige.

Benjamín eligió un sueño de volar. Una canica azul cielo con un niño adentro planeando sobre un mar de nubes. El hombre gato se la dio, y Benjamín volvió a su casa, trepó por la ventana, puso la canica debajo de la almohada y durmió como no había dormido en un mes.

Voló toda la noche. Fue el mejor sueño de su vida.

Durante una semana fue feliz. Dormía de corrido, se despertaba descansado, le iba bien en la escuela nueva. Su mamá dijo que ya se le habían pasado los nervios. Su papá dijo que había dejado los videos de miedo.

Su abuela Ernestina no dijo nada. Pero una tarde, mientras él hacía la tarea en la mesa de la cocina, se sentó frente a él y le preguntó en voz baja:

—¿Ya no sueñas con el hombre de humo?

Benjamín levantó la vista, sorprendido. Nunca le había contado a nadie lo del hombre de humo.

—¿Cómo sabe?

—Porque yo también lo soñaba, cuando era niña. —La abuela le tomó la mano—. En mi familia hay gente que sueña cosas antes de que pasen, mijo. No muchas. Solo las importantes. Mi abuela soñó el terremoto del treinta y ocho y sacó a toda la familia de la casa la noche antes. Yo soñé lo de tu abuelo, aunque no le hice caso.

Benjamín sintió que se le helaba la sangre.

—¿Y el hombre de humo?

—No sé quién es. Pero si te decía que despertaras a alguien, es porque algo va a pasar. Algo con humo. Algo con un olor raro. —La abuela le apretó la mano—. ¿Por qué ya no lo sueñas?

Benjamín se lo contó todo. El puente. El mercado. El hombre gato. La canica gris.

La abuela Ernestina se puso pálida.

—Vendiste un aviso —dijo en voz baja—. Lo tienes que recuperar. Esta misma noche.

Esa noche, a las doce, Benjamín salió por la ventana otra vez. Su abuela lo esperó despierta en la cocina, con un rosario en la mano y una taza de café que no probó.

El mercado seguía debajo del puente. El hombre gato estaba en su puesto, limpiando su monóculo.

—Quiero mi pesadilla de vuelta —dijo Benjamín.

El hombre gato levantó una ceja.

—Las ventas son definitivas, joven.

—Por favor. No era una pesadilla. Era un aviso.

El hombre gato lo miró durante un largo rato con su ojo de monóculo. Después abrió el cajón con llave y sacó la canica gris. Adentro, la niebla amarilla se movía más rápido que antes, como si tuviera prisa.

—Ya lo sé —dijo—. Por eso la compré. Los avisos son muy valiosos para los coleccionistas. Raros. Pero te la puedo vender. A un precio.

—¿Cuál?

—El sueño de volar. Y otro más. El más bonito que hayas tenido en tu vida. No el que te di. Uno tuyo.

Benjamín pensó. Su sueño más bonito era uno que había tenido a los seis años, en el que su abuelo, que ya había muerto, lo llevaba en hombros por una feria llena de luces y le compraba un algodón de azúcar del tamaño de una nube. Era lo único que le quedaba de su abuelo. No lo recordaba vivo. Solo en ese sueño.

—Está bien —dijo.

Se puso el embudo de latón en la frente. Cerró los ojos. Pensó en la feria, en las luces, en los hombros de su abuelo. Sintió el tirón detrás de los ojos. Y después, un vacío, como cuando se cae un diente.

El hombre gato le dio la canica gris.

Benjamín corrió a casa. Su abuela lo esperaba en la cocina. Juntos pusieron la canica debajo de la almohada de Benjamín, y él se acostó con el corazón desbocado.

Soñó con la niebla amarilla. Pero esta vez la miró con atención. Esta vez vio de dónde salía: de la cocina, de detrás de la estufa vieja, de un tubo de metal con una grieta pequeñísima. Vio al hombre de humo con los brazos abiertos. Y esta vez, por primera vez, le vio la cara.

Era su abuelo. El de la feria.

Despierta, le dijo. Despiértalos. Ahora.

Benjamín despertó. Olía algo raro. Un olor dulzón, pesado.

No era un sueño.

Corrió al pasillo gritando. Despertó a sus papás. Despertó a su abuela, que se había dormido en la silla de la cocina, muy cerca de la estufa, con la cabeza caída sobre la mesa. Abrió todas las ventanas. Sacaron a la abuela a la calle, medio inconsciente, mareada, con los labios de un color raro.

Los bomberos llegaron en diez minutos. Encontraron una fuga de gas en el tubo de la estufa. Una grieta pequeñísima, que llevaba semanas soltando gas poco a poco.

—Unas horas más —dijo el bombero que revisó la casa—, y no lo cuentan.

La abuela Ernestina se recuperó en el hospital. Cuando Benjamín fue a verla, le preguntó qué había tenido que pagar.

—Un sueño con el abuelo —dijo él—. El único que tenía.

La abuela le acarició la cabeza con la mano que no tenía el suero.

—No lo perdiste, mijo. Lo cambiaste. Tu abuelo vino a despertarte. Esa es la mejor forma de recordarlo que existe.

Benjamín nunca volvió a encontrar el mercado debajo del puente. Lo buscó muchas noches, durante años. Nunca había luces, ni música, ni puestos de madera.

Pero a veces, cuando no puede dormir, se asoma a la ventana y mira el puente viejo. Y le parece ver, muy de vez en cuando, una luciérnaga de color azul cielo volando sobre el río.

Dicen que es una canica con un sueño de volar adentro. Que un coleccionista la dejó escapar.

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