La niña que coleccionaba tormentas
Guardaba los relámpagos en frascos de mermelada, y una noche olvidó cerrar uno.
Se llamaba Alba y vivía en lo alto de Piedralta, un pueblo colgado de la montaña donde llovía casi todos los días. Las casas tenían techos de teja oscura, las calles subían y bajaban como escaleras torcidas y, desde cualquier ventana, se veían las nubes pasar tan cerca que parecía posible tocarlas con la mano. Mientras los demás niños corrían a esconderse debajo de las mesas cuando el cielo tronaba, ella subía a la azotea con una red de cazar mariposas y una bolsa de tela llena de frascos vacíos.
Todo había empezado a los seis años, por accidente. Una tarde de agosto, mientras ayudaba a su abuela Remedios a recoger la ropa tendida, cayó un relámpago tan cerca que el aire olió a hierro. Alba levantó el frasco de mermelada de mora que llevaba en la mano, sin saber muy bien por qué, y algo pequeño y brillante se metió adentro. La abuela le tapó el frasco con la palma, la miró con los ojos muy abiertos y, después de un largo silencio, dijo solamente: «Eso no se le cuenta a nadie».
Nadie supo nunca cómo lo hacía. Ni siquiera ella podía explicarlo del todo. Esperaba con paciencia, con los ojos entrecerrados y la respiración lenta, escuchando el cielo como quien escucha una conversación en el cuarto de al lado. Sabía que antes de cada relámpago había un instante en que el aire se quedaba quieto, como si contuviera el aliento. En ese instante levantaba la red. Y cuando la luz caía cerca, la atrapaba en el aire como quien atrapa una luciérnaga en una noche de verano. Luego la pasaba con cuidado a un frasco y le enroscaba la tapa. Adentro, la luz se quedaba quieta, zumbando bajito, iluminando su cuarto de un azul tembloroso.
Con los años se volvió una experta. Aprendió que los relámpagos de la madrugada eran tímidos y había que esperarlos sin moverse, que los de la tarde eran confiados y casi se dejaban atrapar, y que los que caían sobre el río venían siempre mojados y tardaban en encenderse dentro del frasco. Aprendió también a reconocerlos por el sonido: unos zumbaban como abejas, otros crepitaban como leña seca y algunos, muy pocos, cantaban una nota aguda que solo se oía de noche, con la casa en silencio.
Tenía doscientos catorce. Los ordenaba por tamaño en las repisas que su abuela le había ayudado a clavar en la pared: relámpagos de verano, finos como hilos de coser; relámpagos de invierno, gruesos y gruñones, que golpeaban el vidrio cuando alguien azotaba una puerta; relámpagos de abril, amarillentos y nerviosos. Cada frasco llevaba una etiqueta escrita con lápiz: la fecha, la hora, el lugar exacto donde lo había atrapado. Y en la repisa más alta, separado de los demás, había uno muy pequeño, rosado, que había caído el día de su décimo cumpleaños, justo cuando soplaba las velas en el patio.
Ese era su favorito. A veces, cuando no podía dormir, bajaba el frasco y lo ponía sobre la almohada. El relámpago rosado no zumbaba como los otros. Se movía en círculos lentos, como si buscara algo, y cuando Alba acercaba la cara al vidrio, la luz se acercaba también.
En Piedralta nadie sospechaba nada. Los vecinos comentaban, eso sí, que las tormentas se habían vuelto más raras en los últimos años. Ya no eran como antes, decían los viejos en la plaza. Ahora el cielo tronaba durante horas sin descargar, rugía sobre los tejados como un animal que no encuentra la salida, y cuando por fin caía un rayo, caía con una furia que nadie recordaba. Don Eusebio, el del observatorio abandonado, apuntaba en su libreta que cada invierno las tormentas duraban más y que el cielo parecía estar buscando algo que se le hubiera perdido.
Alba oía esas conversaciones de camino a la escuela y no les daba importancia. Pensaba que el cielo era tan grande que no podía extrañar doscientas catorce luces pequeñas. Su abuela, en cambio, se quedaba callada cada vez que alguien hablaba de las tormentas, y a veces la miraba largo rato desde la cocina, como si quisiera decirle algo y no encontrara las palabras.
La noche en que olvidó cerrar uno fue una noche cualquiera de octubre. Había llegado cansada de la azotea, empapada, con un relámpago nuevo, delgado y plateado, que había atrapado sobre el campanario. Lo puso en la repisa, se quitó las botas mojadas y se quedó dormida antes de terminar de enroscar la tapa. La rosca quedó floja, apenas media vuelta.
El relámpago salió despacio, como un gato que se estira después de una siesta larga. Primero asomó una puntita de luz por el borde del frasco, luego un hilo, luego todo su cuerpo plateado, que flotó un momento sobre la repisa sin saber muy bien qué hacer. Recorrió el cuarto de esquina a esquina. Se detuvo frente a la ventana cerrada. Y después volvió hacia las repisas, olfateó los demás frascos uno por uno y, con una paciencia que parecía aprendida de la misma Alba, empezó a desenroscar sus tapas.
Alba despertó con el cuarto convertido en cielo. Doscientos catorce relámpagos daban vueltas sobre su cama, chocando contra el techo, rozando las paredes, enredándose en las cortinas sin quemarlas. El aire olía a lluvia y a hierro. Los frascos vacíos tintineaban en las repisas. Y todos los relámpagos, los finos y los gruesos, los tímidos y los nerviosos, se movían en la misma dirección: hacia la ventana.
Pudo haberlos atrapado otra vez. Tenía la red al alcance de la mano, apoyada contra la mesita de noche. Le habría tomado una hora, quizá dos, pero conocía a cada uno y sabía cómo esperarlos. Se incorporó en la cama y estiró el brazo.
Entonces los vio de verdad por primera vez. No uno por uno, encerrados en sus frascos con sus etiquetas de lápiz, sino todos juntos. Vio cómo se buscaban unos a otros en el aire, cómo los delgados se enroscaban alrededor de los gruesos, cómo los de verano y los de invierno, que nunca se habían visto, se reconocían al instante. Vio cómo se golpeaban suavemente contra el vidrio de la ventana, una y otra vez, con una insistencia que no era rabia sino nostalgia. Y recordó a don Eusebio, y las tormentas que rugían sin descargar sobre Piedralta, y la mirada de su abuela desde la cocina.
Entendió algo que nunca había pensado: los relámpagos no caen solos porque quieren. Caen solos porque se pierden. Cada uno que ella había guardado era uno que el cielo seguía buscando.
Alba bajó el brazo. Dejó la red donde estaba. Se levantó descalza, cruzó el cuarto entre las luces que se apartaban para dejarla pasar y abrió la ventana.
Durante un segundo nadie se movió. Después, el primer relámpago salió despacio, casi con miedo, como si no creyera que era cierto. El segundo lo siguió. Y luego todos los demás, uno detrás de otro, en una fila larga y ordenada, sin empujarse.
Esa noche, en el pueblo, todos vieron la tormenta más extraña de su historia. Los vecinos salieron a los balcones en pijama, los perros dejaron de ladrar, don Eusebio subió corriendo al observatorio con su libreta. Era una tormenta que no caía, sino que subía. Doscientas catorce luces volviendo al cielo en fila desde una ventana del barrio alto, como una procesión silenciosa. Arriba, las nubes se abrieron para recibirlas, y por primera vez en muchos años el trueno no sonó como un rugido, sino como un suspiro largo y profundo.
Al día siguiente llovió sobre Piedralta una lluvia tranquila, de esas que no asustan a nadie. Y en los meses que siguieron, las tormentas volvieron a ser como antes: breves, ruidosas, inofensivas.
Cuando la abuela Remedios entró al cuarto esa mañana, encontró a Alba sentada en el suelo, rodeada de frascos vacíos. No le preguntó nada. Se sentó a su lado, le pasó un brazo por los hombros y se quedaron así un buen rato, mirando por la ventana abierta.
Alba se quedó con un solo frasco: el pequeño, el rosado, el de su cumpleaños. Esa noche no había querido salir con los demás. Se había quedado flotando junto a su almohada, girando en sus círculos lentos, y cuando la última luz desapareció en el cielo, volvió solo a su frasco. Alba no lo volvió a cerrar nunca más.
Dicen en Piedralta que cada año, el día del cumpleaños de Alba, se ve una luz rosada recorriendo el pueblo de noche. Pasa por la plaza, por el campanario, por el observatorio de don Eusebio, por encima del río. Saluda a las nubes y a los tejados. Y siempre, siempre, vuelve a casa antes del amanecer.