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bakanary
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Terror 8 min de lectura

Respaldo automático

La primera foto apareció un miércoles, en el carrete del teléfono de Camilo, entre una captura de pantalla de su horario de trabajo y la foto de un almuerzo que nunca pensó publicar.

Era una imagen oscura, con mucho grano, tomada desde un ángulo bajo. Mostraba una cama. Una cama con una sábana gris arrugada, una almohada hundida y un brazo saliendo por el borde, colgando hacia el suelo.

Era su cama. Era su brazo.

La fecha decía: miércoles, 3:12 a.m.

Camilo la miró un rato largo en la mesa del café donde desayunaba antes de ir a la oficina. Pensó que se había tomado la foto sin querer, dormido, con el teléfono en la mano. Le había pasado otras veces con capturas de pantalla, con videos de tres segundos del techo. La borró y no pensó más en eso.

El jueves había dos fotos.

La primera, igual que la anterior: la cama, el brazo colgando. La segunda, tomada un minuto después, desde un poco más cerca. Se veía su cara de perfil, hundida en la almohada, con la boca entreabierta. Se veía la mesita de noche, y sobre la mesita de noche, conectado al cargador, el teléfono.

Su teléfono. En la foto. Cargando.

Camilo dejó la taza de café sobre el plato con tanta torpeza que se derramó.

Si el teléfono estaba en la mesita de noche, conectado, ¿con qué se había tomado la foto?

Revisó los datos de la imagen. El programa del teléfono mostraba toda la información: hora, ubicación, dispositivo. La ubicación era su departamento. La hora, 3:13 a.m. Y el dispositivo, según los datos, era el mismo teléfono que él tenía en la mano.

Esa tarde llamó a su amigo Teo, que trabajaba en soporte técnico y sabía de esas cosas.

—Alguien entró a tu cuenta —dijo Teo sin dudar—. Están subiendo fotos al respaldo de la nube desde otro aparato y se sincronizan con tu teléfono. Los datos se pueden falsificar. Cambia la contraseña, activa la verificación en dos pasos y revisa quién tiene llave de tu casa.

Eso último fue lo que le quitó el sueño. Porque si alguien estaba subiendo fotos de él durmiendo, ese alguien estaba en su cuarto a las tres de la mañana.

Camilo cambió la contraseña. Activó la verificación. Llamó a un cerrajero y cambió la cerradura de la puerta. Revisó las ventanas, que estaban en un quinto piso y no daban a ningún balcón. Revisó el clóset, debajo de la cama, detrás de la cortina de la ducha. Se sintió ridículo y lo hizo de todas formas.

Esa noche puso una silla contra la puerta del dormitorio y no apagó la luz.

Se durmió a las dos y media, vencido por el cansancio.

Por la mañana había cinco fotos.

Las primeras dos eran de él durmiendo con la luz encendida, la silla contra la puerta, intacta. La tercera estaba tomada desde los pies de la cama. La cuarta, desde el costado, a la altura de su cabeza, tan cerca que se veían los poros de su mejilla y una pestaña caída sobre el párpado.

La quinta estaba tomada desde arriba. Desde el techo. Mirando hacia abajo.

Camilo vomitó en el lavamanos del baño.

En la quinta foto, la silla seguía contra la puerta. Nadie la había movido. Nadie había entrado.

Se sentó en el borde de la bañera con el teléfono entre las manos y, por primera vez, hizo lo que no había querido hacer: abrió la carpeta de elementos eliminados.

Ahí estaba la foto del miércoles, la que había borrado en el café. Y debajo de ella había más. Muchas más. Fotos que él nunca había visto, que se habían borrado solas antes de que pudiera encontrarlas, con fechas que retrocedían semana tras semana. Tres de la mañana. Tres y doce. Tres y doce. Todas de su cama.

La más antigua era de cuatro meses atrás, de la primera noche que durmió en ese departamento. Ese día todavía no tenía cortinas, y la luz del farol de la calle entraba de lleno en la habitación. En la foto se veían las cajas de la mudanza apiladas contra la pared. Se le veía a él, dormido sobre el colchón sin sábana.

Y en el rincón, entre las cajas, se veía algo de pie. Algo alto y delgado, inmóvil, que en ese entonces todavía no se había acercado.

Camilo comprendió que las fotos no habían empezado el miércoles. Lo que había empezado el miércoles era que él pudiera verlas. Como si quien las tomaba hubiera decidido, después de meses de paciencia, que ya era hora de presentarse.

Fue a la policía esa misma mañana. El agente que lo atendió, un hombre joven con cara de no haber dormido tampoco, miró las fotos con atención profesional. Después miró a Camilo.

—¿Vive solo?

—Sí.

—¿Toma algún medicamento para dormir? ¿Sonambulismo?

—No. Nunca.

El agente asintió, tomó nota y le dio un número de denuncia. Le dijo que si tenía miedo, se quedara unos días con algún familiar. Camilo notó que el agente no lo miraba a los ojos al despedirse.

Se quedó esa noche en casa de su hermana Natalia, en el sofá de la sala. Dejó el teléfono apagado, dentro de un cajón de la cocina, debajo de los manteles. Durmió por primera vez en tres días, profundamente, sin sueños.

Por la mañana, al encender el teléfono, el carrete se cargó despacio, imagen por imagen.

Había una foto nueva.

Mostraba el sofá de su hermana. A él, dormido, con una manta de cuadros sobre las piernas. Y en la esquina de la imagen, de pie en el umbral del pasillo, apenas visible en la oscuridad, la silueta de una persona.

No era Natalia. Natalia era menuda, de pelo corto. La silueta era alta, delgada, con la cabeza inclinada hacia un lado en un ángulo que no era del todo natural.

Camilo le mostró la foto a su hermana. Natalia la miró y se quedó callada mucho rato.

—Anoche me levanté a tomar agua —dijo al fin, despacio—. A eso de las tres. Cuando pasé por el pasillo, te vi dormido en el sofá. Y vi… —Se detuvo—. Pensé que era tu chaqueta colgada en el perchero. Pero el perchero está en la entrada, no en el pasillo.

Camilo volvió a su departamento esa tarde. No sabía por qué. Tal vez porque no quería llevar esa cosa a la casa de su hermana. Tal vez porque, en el fondo, sabía que no importaba dónde estuviera.

Compró un teléfono nuevo. Creó una cuenta nueva, con otro correo, otra contraseña, sin respaldo en la nube. Tiró el teléfono viejo a un contenedor de basura a seis cuadras de su casa.

Esa noche durmió con el teléfono nuevo apagado bajo la almohada.

Por la mañana lo encendió con las manos temblando. El carrete estaba vacío. Ni una sola foto. Respiró por primera vez en una semana. Se rió solo, en la cocina, con una risa nerviosa que le dolió en el pecho.

A las once de la mañana, en la oficina, el teléfono nuevo vibró.

Era una notificación. Se agregó 1 elemento a Recuerdos.

Camilo no tenía la función de recuerdos activada. No tenía nube. No tenía nada.

Abrió el carrete.

Había una sola foto. Tomada desde atrás, a la altura de sus hombros. Mostraba su escritorio en la oficina, su computadora encendida con una hoja de cálculo abierta, y su mano derecha sosteniendo el teléfono nuevo, con la pantalla mostrando el carrete abierto.

Mostraba exactamente lo que él estaba viendo en ese momento.

La hora decía 11:02 a.m. El reloj del teléfono decía 11:02 a.m.

Camilo no se dio vuelta. No pudo. Se quedó inmóvil frente a la pantalla, sintiendo en la nuca algo que no era aire acondicionado, algo tibio y lento, como una respiración que no tiene prisa.

A su alrededor, la oficina seguía funcionando. Teclados, conversaciones, una impresora atascada, alguien riéndose junto a la máquina de café. Nadie lo miraba. Nadie parecía ver a nadie detrás de su silla.

El teléfono vibró otra vez en su mano.

Se agregó 1 elemento a Recuerdos.

No quería abrirlo. Su pulgar lo abrió de todas formas, como si ya no fuera del todo suyo.

La foto nueva estaba tomada desde el frente. Desde su propia pantalla. Mostraba su cara, pálida, con los ojos muy abiertos, mirando hacia abajo, hacia el teléfono.

Y detrás de su hombro izquierdo, inclinada hacia él, demasiado cerca, había otra cara.

No tenía rasgos que pudiera describir después. Solo recordaba que estaba sonriendo. Y que la cabeza estaba inclinada hacia un lado, en un ángulo que no era del todo natural.

Camilo dejó de trabajar en esa oficina la semana siguiente. Su hermana dice que vive con ella ahora, que duerme en el sofá con todas las luces encendidas y que no ha vuelto a tocar un teléfono.

Pero hay algo que Natalia no le ha contado a nadie, ni siquiera a él.

Hace tres días, en el carrete de su propio teléfono, apareció una foto de su hermano dormido en el sofá. Tomada a las 3:12 de la mañana.

Desde el pasillo.

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