Saltar al contenido
bakanary
Suscríbete
Volver a las historias

Romance 8 min de lectura

Notas al margen

La librería de Elena olía a papel viejo, a madera encerada y, los martes, a pan dulce, porque la panadería de enfrente horneaba conchas a las cuatro de la tarde y el aroma cruzaba la calle sin pedir permiso. Elena había heredado el local de su tío Ramiro junto con tres mil libros, una caja registradora que sonaba como campana de iglesia y la costumbre de no tirar nada.

Vendía libros usados. Los compraba por kilo en mudanzas, en herencias, en casas donde alguien había muerto y los hijos no sabían qué hacer con tantas páginas. Los limpiaba con un paño seco, les ponía precio a lápiz en la primera hoja y los acomodaba por temas que solo ella entendía del todo.

Fue un martes de pan dulce cuando encontró la primera nota.

Estaba revisando una novela de aventuras que un cliente había devuelto, porque en la librería existía una regla antigua del tío Ramiro: si el libro no te gustó, lo traes y te llevas otro pagando la mitad. En la página ochenta y siete, junto a un párrafo sobre un barco que se hundía, alguien había escrito con letra pequeña e inclinada: Yo también me he sentido así. Como si el agua subiera despacio y nadie lo notara.

Elena se quedó mirando la frase un rato largo. Las notas al margen no eran raras; la gente subraya, corrige, escribe nombres de exnovias en las dedicatorias. Pero esta no parecía escrita para sí mismo. Parecía escrita para alguien que la fuera a leer.

Revisó el registro. El libro lo había devuelto un hombre llamado Tomás, que había pagado en efectivo y se había llevado a cambio un tomo de cuentos del siglo pasado. Elena recordaba vagamente su cara: lentes redondos, una chaqueta café demasiado gruesa para el clima, la manera torpe de pedir disculpas cuando chocó con un estante.

No debió hacerlo, pero lo hizo. Tomó un lápiz y, debajo de la nota, escribió: El agua siempre baja otra vez. A veces tarda, pero baja. Luego puso la novela en la mesa de recomendados, justo a la entrada.

No esperaba nada. Por eso, cuando dos semanas después Tomás volvió con el tomo de cuentos bajo el brazo, Elena sintió un salto absurdo en el pecho.

—Este no me terminó de convencer —dijo él, poniéndolo sobre el mostrador—. Demasiado triste.

—Puede escoger otro —respondió ella, con la voz más profesional que pudo.

Tomás recorrió los pasillos durante casi una hora. Se detuvo en la mesa de recomendados. Elena fingía ordenar facturas mientras lo miraba de reojo. Él tomó la novela de aventuras, la reconoció, sonrió un poco y empezó a hojearla. Elena vio el momento exacto en que llegó a la página ochenta y siete, porque se quedó completamente quieto.

No dijo nada. Pagó la mitad del precio por un libro que ya había leído y se fue.

Esa noche Elena no durmió bien. Se preguntó si había invadido algo privado, si él se habría sentido expuesto, si la próxima vez entraría a otra librería. Se dijo que era ridículo preocuparse por un desconocido. Se lo dijo varias veces.

Tomás regresó diez días después. Devolvió la novela. Elena esperó a que se fuera para abrirla, con las manos un poco frías. En la página ochenta y siete, debajo de su respuesta, había una línea nueva: ¿Cómo sabe usted que baja?

Y más abajo, en la página ciento doce, otra: Gracias por contestar. No pensé que nadie leería esto.

Así empezó.

Nunca hablaron de las notas en voz alta. Era un acuerdo tácito, como esos juegos de infancia cuyas reglas nadie explica. Tomás llegaba, devolvía un libro, escogía otro. Elena lo leía antes de ponerlo en el estante y respondía en los márgenes. Él se llevaba el libro que ella había recomendado sin decir nada, y en ese libro también encontraba notas suyas.

Hablaron de todo sin hablar. Él le contó, en los márgenes de una biografía de un explorador, que trabajaba en una oficina de catastro midiendo terrenos que no eran suyos. Ella le contó, en una novela policiaca, que había querido estudiar arquitectura pero que el tío Ramiro se enfermó y alguien tenía que abrir la librería. Él escribió que su madre le leía en voz alta cuando era niño y que desde que ella murió no había vuelto a disfrutar un libro hasta hacía poco. No dijo hasta cuándo. No hacía falta.

En la página final de un libro de poemas de dominio público, Elena escribió: Me gusta su letra. Se inclina como si tuviera prisa por llegar a algún lado.

En el siguiente libro, él respondió: Tal vez tenía prisa por llegar aquí.

Elena cerró el libro de golpe y tuvo que salir a la acera a respirar. La panadería olía a canela. Un perro dormía bajo la banca de la esquina. Todo era normal y nada lo era.

Pasaron así cuatro meses. Los vecinos empezaron a notar cosas. Doña Lupe, la de la panadería, le preguntó un día por qué ese muchacho de lentes venía tan seguido si nunca compraba nada nuevo.

—Es un buen lector —dijo Elena.

—Ajá —respondió doña Lupe, con la ceja levantada que usan las mujeres que han visto muchas cosas.

El problema llegó en forma de carta del banco. El local necesitaba reparaciones en el techo, y el préstamo que el tío Ramiro había pedido años atrás tenía cláusulas que Elena no había leído con suficiente cuidado. Le daban tres meses para ponerse al día o vender.

Esa semana no escribió nada en los libros. No tenía ánimo. Tomás llegó, devolvió una novela, escogió otra al azar porque la mesa de recomendados estaba vacía. Se fue sin mirarla, o eso creyó ella.

Cuando abrió el libro devuelto, encontró una sola nota en la primera página: Usted no escribió nada. ¿Está bien el agua?

Elena lloró ahí mismo, detrás del mostrador, con un cliente buscando diccionarios en el fondo. Luego tomó el lápiz y escribió la verdad: el techo, el banco, los tres meses, el miedo de ser la persona que cerró la librería que su tío mantuvo abierta durante cuarenta años.

Puso el libro en la mesa de recomendados y esperó.

Tomás no apareció durante dos semanas. Elena pensó que lo había espantado, que una cosa es compartir pensamientos bonitos en los márgenes y otra muy distinta es cargar con los problemas de una desconocida. Se reprochó haber escrito demasiado.

El lunes de la tercera semana, a las nueve de la mañana, Tomás entró a la librería con una carpeta azul bajo el brazo. No traía ningún libro.

—Buenos días —dijo, y fue la primera vez que ella escuchó su voz sin el filtro del mostrador y la caja registradora—. Perdone que no haya venido. Estuve ocupado.

Abrió la carpeta. Adentro había copias de planos, fotografías del techo tomadas desde la azotea de la panadería, y una hoja con números escritos con esa letra inclinada que Elena conocía mejor que su propia firma.

—Trabajo en catastro —explicó él, ruborizándose—. Conozco a un ingeniero que hace avalúos. El local vale más de lo que el banco cree, porque el edificio está catalogado como patrimonio del barrio. Eso significa que hay fondos municipales para restaurar techos de inmuebles protegidos. Hay que llenar formularios, muchos formularios. Pero yo sé llenar formularios. Es básicamente lo único que sé hacer bien.

Elena lo miró sin poder decir nada.

—Y también hablé con doña Lupe —continuó él, cada vez más rojo—. Dice que si usted quiere, puede poner un estante de libros en la panadería. Los clientes esperan el pan y leen. Dice que le gusta la idea. Y que ya era hora de que yo entrara a hablarle en persona.

—¿Eso dijo?

—Eso y otras cosas que no voy a repetir.

Elena se rio, y la risa le salió mojada.

—¿Por qué hace todo esto?

Tomás miró hacia la mesa de recomendados. Tomó el libro que ella había dejado ahí, el de la nota sobre el banco, y lo abrió en la última página, donde todavía quedaba espacio en blanco. Sacó un lápiz del bolsillo de su chaqueta café, demasiado gruesa para el clima, y escribió algo. Luego le dio el libro.

Porque usted me dijo que el agua baja. Y yo quiero estar aquí cuando baje.

Arreglaron el techo en primavera. Los formularios fueron tantos como él había prometido, y los llenaron juntos en la mesa del fondo, entre café y pan dulce. El estante de la panadería se volvió famoso en el barrio; la gente dejaba notas en los libros para desconocidos, y Elena tuvo que poner un letrero pidiendo que usaran lápiz.

Tomás nunca dejó de devolver libros. Ahora vivía a dos cuadras, en el departamento de arriba de la librería, pero insistía en la regla del tío Ramiro: si no te gustó, lo traes y te llevas otro.

Un martes de pan dulce, casi un año después de la primera nota, le devolvió la novela de aventuras. La misma. Elena la abrió en la página ochenta y siete por costumbre.

Debajo de todas sus conversaciones había una línea nueva, escrita con una letra que, por primera vez, no se inclinaba hacia ningún lado, como si por fin hubiera llegado:

¿Te casarías conmigo?

Elena tomó el lápiz. Escribió una sola palabra y le devolvió el libro.

Él ya sabía cuál era, pero lo abrió de todas formas.

Sigue leyendo Doble turno