La foto de grupo
La profesora Elvira Campos llevaba veintidós años enseñando historia en el Colegio San Jerónimo cuando la directora le encargó organizar la exposición por el centenario de la escuela.
—Usted es la que más sabe de archivos —le dijo—. Y la única que tiene paciencia para el sótano.
El sótano del San Jerónimo era un laberinto de estantes metálicos, cajas de cartón hinchadas por la humedad y muebles rotos que nadie se atrevía a tirar. Ahí estaban los libros de calificaciones desde 1925, los diplomas que nadie retiró, los trofeos de fútbol de equipos cuyos jugadores ya eran abuelos.
Y ahí estaban las fotografías de grupo.
Cada año, desde que el colegio existía, un fotógrafo del pueblo tomaba una foto de cada curso en las escaleras de la entrada. Las primeras eran en blanco y negro, con niños de uniformes almidonados y caras serias. Después, en colores desvaídos. Después, en colores brillantes. Elvira las fue sacando de sus marcos y carpetas, año por año, para elegir las mejores para la exposición.
Fue en la de 1974 donde la vio por primera vez.
Era una niña de unos diez años, en la última fila del cuarto grado, en el extremo derecho. Llevaba un vestido blanco con cuello de encaje, distinto al uniforme azul de los demás, y el pelo negro recogido en dos trenzas. No sonreía. Miraba directamente a la cámara con una expresión seria, casi adulta.
Elvira no le dio importancia. Hasta que abrió la foto de 1975.
La misma niña. Mismo vestido blanco, mismas trenzas, misma expresión. En la última fila del cuarto grado. En el extremo derecho.
Y en la de 1976. Y en la de 1977.
Elvira sacó todas las fotos del cuarto grado desde 1974 hasta el año anterior y las extendió sobre una mesa de pimpón vieja, en filas, como cartas de una baraja. Eran cuarenta y nueve fotos. En las cuarenta y nueve estaba la niña. Siempre en el mismo lugar. Siempre con la misma edad. Mientras los niños a su alrededor cambiaban, los peinados cambiaban, los uniformes cambiaban, las caras de las maestras envejecían foto tras foto, ella permanecía idéntica, mirando a la cámara.
Elvira sintió que el sótano se enfriaba de golpe.
Buscó en las listas de alumnos. Los fotógrafos escribían al reverso de cada foto los nombres de los niños, fila por fila, de izquierda a derecha. En la última fila, el último nombre, el que correspondería a la niña del vestido blanco, nunca estaba. La lista terminaba un nombre antes. Siempre.
Como si el fotógrafo nunca la hubiera visto.
Esa noche Elvira no durmió. Se quedó en su casa revisando las fotos que había escaneado con el teléfono, ampliando la cara de la niña una y otra vez, hasta que los píxeles se convirtieron en manchas. Buscó diferencias y no encontró ninguna.
Al día siguiente volvió al sótano y buscó las fotos anteriores a 1974.
En las de 1973 y antes, la niña no estaba. Pero en el libro de registro del colegio de 1973 había una página con una anotación en tinta violeta, con la letra cuidadosa de alguna secretaria de otra época:
Alumna María Teresa Ibáñez, cuarto grado. Baja por fallecimiento. 14 de marzo de 1973.
Nada más. Ni una causa. Ni una explicación.
Elvira fue a buscar a la única persona que podía saber algo: don Hipólito, el portero jubilado, que había trabajado en el colegio cincuenta años y ahora pasaba las tardes en una banca de la plaza alimentando palomas.
Cuando le mostró la foto en el teléfono, el viejo se quedó callado mucho rato. Las palomas picoteaban alrededor de sus zapatos.
—María Teresa —dijo al fin—. La niña de las trenzas.
—¿Qué le pasó?
—Se cayó por las escaleras de la entrada. El día de la foto de grupo. —Hipólito tiró un puñado de migas—. Los niños se empujaban para salir en la última fila, como siempre. Alguien la empujó. Cayó de espaldas. Ese año no se tomó la foto del cuarto grado.
—¿Y quién la empujó?
—Nunca se supo. Los niños dijeron que fue sin querer. La maestra dijo que no vio nada. —El viejo la miró con los ojos aguados—. Pero hay algo más, profesora. Algo que nadie quiere decir.
Y le contó lo que los porteros, los conserjes y las cocineras del San Jerónimo se habían pasado en voz baja durante cincuenta años.
Cada año, desde 1974, después de la foto de grupo del cuarto grado, uno de los niños de la última fila se enfermaba. No de algo grave, al principio. Fiebres que no cedían. Pesadillas. Niños que se despertaban gritando que una niña de vestido blanco los empujaba por la escalera. La mayoría se recuperaba en unas semanas. Algunos no del todo. Hipólito recordó a un niño, en 1981, que se cambió de colegio y nunca volvió a hablar. A otro, en 1996, que se cayó por la misma escalera y se rompió los dos brazos.
—Siempre el que queda a su lado —dijo Hipólito—. El que está junto a ella en la foto.
Elvira volvió al colegio con las piernas temblando. Revisó las fotos una por una, buscando al niño que estaba junto a la niña de las trenzas en cada año. Buscó sus nombres en los registros de asistencia. En todos, en todos los años, ese niño tenía una racha de ausencias justo después de la fecha de la foto.
En todos.
Entonces pensó en la foto de este año.
La habían tomado hacía tres semanas. Elvira no era maestra del cuarto grado, pero ese día la maestra titular estaba enferma y le pidieron que la reemplazara. Se había parado junto al grupo, en el extremo derecho, como hacen los profesores en las fotos.
Subió corriendo a la oficina de la dirección, donde guardaban las fotos del año en curso. Buscó la del cuarto grado con las manos temblorosas.
Ahí estaban los treinta niños en las escaleras de la entrada, sonriendo bajo el sol de marzo. En la última fila, en el extremo derecho, estaba la niña de las trenzas, con su vestido blanco y su expresión seria.
Pero esta vez no miraba a la cámara.
Esta vez miraba hacia su derecha. Hacia afuera del grupo. Hacia la adulta que estaba parada en el borde de la foto, con un suéter verde y una carpeta bajo el brazo.
Hacia Elvira.
Y había algo más, algo que Elvira tardó en ver porque no quería verlo. La mano de la niña. Su mano pequeña, pálida, que en las cuarenta y nueve fotos anteriores estaba siempre quieta junto a su costado, ahora estaba levantada. Extendida. A pocos centímetros de la espalda de Elvira.
Como si estuviera a punto de empujarla.
Elvira dejó caer la foto. Se apoyó en el escritorio de la directora para no caerse. Por la ventana de la oficina se veía la escalera de la entrada, veinte escalones de piedra gastada que bajaban hasta el patio.
Esa tarde no fue a su casa. Volvió al sótano, sacó las cuarenta y nueve fotos de la mesa de pimpón y las de este año, y las llevó a la capilla del colegio. Encendió una vela. No sabía rezar bien, hacía años que no lo hacía, pero se arrodilló frente al altar con las fotos en el regazo y habló en voz alta, como se le habla a una alumna asustada.
—María Teresa —dijo—. Yo no estaba ese día. Yo no te empujé. Pero sé que nadie te pidió perdón. Nadie dijo tu nombre. Nadie lo escribió en las fotos. Te quedaste cincuenta años esperando que alguien te viera.
La vela parpadeó sin que hubiera viento.
—Yo te veo —dijo Elvira—. Y voy a hacer que todos te vean.
La exposición del centenario se inauguró un mes después. En la pared principal, junto a las fotos de los fundadores, había un panel dedicado a una sola alumna. María Teresa Ibáñez, 1963-1973. Una foto de ella con sus trenzas, sacada del archivo de su familia, que Elvira había localizado en un pueblo vecino. Una placa con su nombre. Y debajo, en letras pequeñas, una frase que Elvira escribió y la directora no se atrevió a quitar: Perdón por no haberte nombrado.
En cada una de las cuarenta y nueve fotos del cuarto grado, Elvira agregó a mano, al reverso, al final de la última fila, el nombre que faltaba.
La foto del cuarto grado del año siguiente se tomó en las escaleras de la entrada, como siempre. Elvira la revisó en cuanto llegó del fotógrafo, con el corazón en la garganta.
En la última fila, en el extremo derecho, no había ninguna niña de vestido blanco.
Elvira lloró de alivio en la oficina de la dirección. Después se secó los ojos y fue a guardar la foto en el archivo.
No lo notó hasta mucho tiempo después, cuando ya estaba jubilada y revisaba las fotos viejas en la mesa de su cocina. En la foto de su despedida, la que tomaron los profesores en las escaleras de la entrada el último día, hay una figura pequeña en el extremo derecho, casi fuera del encuadre, medio borrosa.
Una niña de trenzas.
No mira a la cámara. Mira a Elvira. Y por primera vez en todas las fotos, sonríe.