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Drama 8 min de lectura

La maestra de Las Ánimas

Graciela Montoya llegó a Las Ánimas en enero, con veinticuatro años, un título de maestra rural recién impreso y una maleta llena de libros. Nadie la esperaba en la parada del autobús. Tuvo que preguntarle a un señor que vendía naranjas dónde quedaba la escuela, y el señor señaló hacia lo alto del cerro con una cara rara.

—Allá arriba, señorita. Pero no se ilusione mucho.

La escuela era una construcción de bloques sin pintar, con dos aulas, un baño sin agua y un patio de tierra donde pastaba una vaca que nadie reclamaba. Tenía capacidad para sesenta niños. El primer día de clases llegaron once.

Graciela revisó los registros del año anterior. Había cincuenta y tres inscritos. La asistencia promedio era de catorce.

—¿Dónde están los demás? —le preguntó a la conserje, una señora mayor llamada doña Pilar.

Doña Pilar miró por la ventana hacia las laderas del cerro, cubiertas de cafetales hasta donde alcanzaba la vista.

—En la finca de don Octavio, señorita. Es temporada de corte.

Don Octavio Larraín era el dueño de la finca La Esperanza, la más grande de la región. Doscientas hectáreas de café de altura que se exportaba a Europa con sellos de comercio justo. Era también el dueño de la tienda del pueblo, del molino, de la mitad de las casas y, según decían en voz baja, del presidente municipal. Vivía en una casona de dos pisos al pie del cerro, con un portón de hierro y dos perros enormes.

Y en temporada de corte, de noviembre a marzo, contrataba niños.

No oficialmente. Oficialmente contrataba a los padres. Pero los padres llevaban a los hijos a la finca desde los siete u ocho años, porque el pago era por kilo cortado y cuantas más manos, más dinero. Los niños trabajaban desde las seis de la mañana hasta que oscurecía, con canastos amarrados a la cintura, subiendo y bajando las laderas empinadas.

No iban a la escuela. Nunca habían ido mucho.

Graciela fue a hablar con los padres. Casa por casa. La recibieron con cortesía y con desconfianza. Le explicaron, con paciencia, como se le explica algo a un niño, que sin el trabajo de los hijos no alcanzaba para comer. Que don Octavio pagaba poco, pero pagaba. Que la escuela no daba de comer.

—¿Y si la escuela diera de comer?

Los padres se miraron entre ellos.

Graciela escribió a la Secretaría de Educación pidiendo un programa de desayunos escolares. Tardaron tres meses en contestar. Mientras tanto, ella empezó a gastar la mitad de su sueldo en tortillas, frijoles y leche, y a cocinar desayunos en una estufa de leña en el patio de la escuela. Doña Pilar la ayudaba.

La asistencia subió a veinte. Después a veinticinco.

Entre los niños que empezaron a ir había uno que Graciela no esperaba. Un muchacho de once años, flaco, de ojos claros, con ropa demasiado buena para Las Ánimas. Se llamaba Andrés y se sentaba siempre en la última fila, solo, sin hablar con nadie.

Era el hijo menor de don Octavio Larraín.

Graciela no entendía por qué iba a la escuela del pueblo y no a un colegio privado de la ciudad, como sus hermanos mayores. Doña Pilar le explicó que Andrés era hijo de la segunda esposa de don Octavio, que había muerto dos años antes. Que su padre lo trataba como un estorbo. Que lo había mandado a la escuela del pueblo "para que se hiciera hombre".

Andrés era el mejor alumno de la clase. Leía todo lo que Graciela le daba. Resolvía problemas de matemáticas que los demás no entendían. Pero nunca hablaba. Y a veces llegaba con moretones en los brazos que se tapaba con las mangas.

En febrero, don Octavio fue a visitar la escuela.

Llegó en una camioneta negra, con sombrero de palma y botas de piel, acompañado de un capataz. Entró al aula sin tocar, en mitad de una clase de historia, y se quedó de pie junto a la puerta mirando a los niños uno por uno.

Los niños bajaron la vista. Andrés, en la última fila, se encogió en su silla.

—Usted es la maestra nueva —dijo don Octavio. No era una pregunta.

—Graciela Montoya. Mucho gusto.

Don Octavio no le dio la mano.

—Me dicen que anda visitando a mis trabajadores. Llenándoles la cabeza de ideas. Diciendo que los niños no deben trabajar.

—Los niños no deben trabajar, don Octavio. Es la ley.

—La ley. —Don Octavio sonrió sin alegría—. Aquí la ley soy yo, señorita. Y aquí los niños trabajan desde que hay café. Mi abuelo trabajó de niño. Mi padre trabajó de niño. Yo trabajé de niño. Y mire dónde estoy.

—Usted es el dueño. Ellos no.

El silencio en el aula se volvió tan espeso que se escuchaba a la vaca masticar en el patio.

Don Octavio la miró largo rato. Después miró a su hijo, al fondo del aula.

—Andrés. Nos vamos.

El muchacho se levantó despacio, tomó su mochila y caminó hacia la puerta sin mirar a nadie. Al pasar junto a Graciela, ella vio que le temblaban las manos.

Andrés no volvió a la escuela.

Las semanas siguientes fueron difíciles. Al presidente municipal se le ocurrió que la escuela necesitaba una inspección de seguridad y encontró una docena de irregularidades. La tienda del pueblo dejó de venderle a Graciela. El dueño de la casa donde rentaba un cuarto le pidió que se fuera a fin de mes. Los padres de los niños empezaron a esquivarla en la calle.

La asistencia bajó a doce.

Graciela estuvo a punto de rendirse. Una noche escribió su carta de renuncia. La dejó en la mesa, sin firmar, y se fue a dormir.

A las once de la noche, alguien tocó la puerta.

Era Andrés. Estaba empapado de lluvia, sin chamarra, con el labio partido y un ojo hinchado. Traía en las manos una libreta escolar envuelta en una bolsa de plástico.

—Usted dijo que la ley protege a los niños —dijo con la voz temblorosa—. ¿Es verdad?

Graciela lo hizo pasar. Le curó el labio. Le dio ropa seca y una taza de chocolate. Y después abrió la libreta.

Estaba llena de anotaciones. Con letra cuidadosa de niño, día por día, desde noviembre. Nombres de niños. Edades. Horas trabajadas. Kilos cortados. Accidentes: un niño de nueve años que se cayó por una ladera y se rompió la pierna, a quien no llevaron al médico. Una niña de ocho que se desmayó por el sol. Pagos: cuánto le pagaba don Octavio a cada familia y cuánto debería pagar según la ley.

Y al final, copias a mano de documentos de la oficina de su padre. Contratos con compradores europeos que exigían, por escrito, que el café fuera libre de trabajo infantil. Certificados firmados por don Octavio que juraban que lo era.

—Mi papá dice que la escuela es para los débiles —dijo Andrés—. Pero usted me enseñó a anotar todo. Para que nadie pueda decir que no pasó.

Graciela se quedó sin palabras.

La libreta de Andrés viajó a la capital tres días después, junto con fotos que Graciela tomó a escondidas en la finca. Llegó a las manos de una periodista y de una organización de comercio justo. Dos semanas después, los compradores europeos suspendieron sus contratos con la finca La Esperanza. Un mes después llegaron inspectores del Ministerio de Trabajo, escoltados por la policía estatal, que no le debía nada a don Octavio.

Don Octavio Larraín fue multado y obligado a pagar salarios atrasados a todas las familias. La finca quedó bajo supervisión. El presidente municipal renunció "por motivos de salud".

Y Andrés, con el apoyo de una tía materna que vivía en la ciudad, pidió ante un juez que lo sacaran de la casa de su padre. El juez se lo concedió.

Antes de irse, Andrés fue a despedirse de la escuela. Llevaba una mochila nueva y la libreta envuelta en la misma bolsa de plástico.

—Me la quiero llevar —le dijo a Graciela—. Para acordarme de que sí pasó.

Graciela sigue en Las Ánimas. Ya no tiene que cocinar los desayunos con su sueldo; el programa del gobierno llegó por fin. La escuela tiene ahora tres aulas, agua en el baño y cincuenta y ocho alumnos. La vaca sigue pastando en el patio.

En temporada de corte, los niños van a la escuela por la mañana y ayudan a sus familias en la tarde, unas pocas horas, con sueldos que ahora se pagan completos. No es perfecto. Pero es más de lo que había.

Cada año, en diciembre, llega una carta desde la ciudad. Es de Andrés. La última decía que había entrado a la facultad de derecho.

Y que todavía anotaba todo.

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