Doble turno
Irene llevaba seis años en el turno de noche del tercer piso del hospital San Rafael, y había descubierto que la noche tiene su propia lógica. De día, el hospital es un hormiguero: médicos, familiares, camilleros, visitas, ruido. De noche, el tercer piso se convierte en un pasillo largo y tibio donde solo se escuchan los monitores, la respiración de los pacientes y, a veces, alguien que llora bajito en una habitación.
Por eso notó lo de la habitación 308.
El paciente era don Federico Salgado, ochenta y dos años, dueño de una cadena de ferreterías que media ciudad conocía. Había ingresado por una neumonía que ya iba cediendo. Estaba lúcido, de mal humor, y se quejaba de la comida con una elocuencia que hacía reír a las enfermeras. Según el médico de guardia, en una semana se iría a casa.
Pero cada mañana, a las seis, cuando Irene hacía la última ronda antes del cambio de turno, don Federico estaba peor.
No mucho. No lo suficiente como para alarmar a nadie. Un poco más pálido. Un poco más confundido. Las cifras de los análisis de madrugada, un poco fuera de lo esperado. Y cada tarde, cuando Irene volvía a las siete, la enfermera del turno de día le decía que durante el día se había recuperado.
—Es la edad —le dijo el médico de guardia cuando ella lo comentó—. Los viejos empeoran de noche. Se desorientan.
Irene no estaba convencida. Llevaba seis años viendo viejos empeorar de noche, y no empeoraban así, con esa regularidad de reloj.
Empezó a anotar. Tenía una libreta pequeña en el bolsillo del uniforme donde anotaba todo lo que no cabía en los sistemas: el nombre del nieto de la señora de la 301, la canción que calmaba al señor de la 315. En una página nueva escribió: 308. Salgado. Y debajo, cada noche, las horas en que entraba alguien a la habitación.
La lista era corta. Ella misma, en las rondas. El médico de guardia, una vez por noche. Y un hombre de unos cuarenta y cinco años, elegante, que llegaba siempre pasada la medianoche con un permiso especial de la administración.
Se llamaba Leandro Salgado y era el sobrino de don Federico. El único familiar que lo visitaba. Llegaba con el rostro cansado, le daba las buenas noches a Irene con una sonrisa educada, se sentaba junto a la cama de su tío y le tomaba la mano. Se iba antes de las tres.
—Qué sobrino tan dedicado —dijo Mercedes, la otra enfermera del turno, una noche.
—Sí —dijo Irene—. Muy dedicado.
La quinta noche, Irene hizo algo que nunca había hecho. Después de que Leandro se fue, entró a la 308 con la linterna apagada y revisó todo lo que había en la habitación. El suero, el sistema de infusión, la mesita de noche, la basura.
En la basura, debajo de un pañuelo de papel, encontró el capuchón de plástico de una jeringa.
No debería haber jeringas en la habitación de don Federico. Su tratamiento era intravenoso, por bomba, y las enfermeras desechaban todo en el contenedor del pasillo, nunca en la papelera del paciente.
Irene sintió que la piel de los brazos se le erizaba.
Revisó el registro de la bomba de infusión. La pantalla mostraba las dosis programadas, todo en orden. Pero en el historial, a las dos y diecisiete de la madrugada, había una pausa de cuatro minutos. Una pausa que ella no había hecho.
Cuatro minutos era tiempo suficiente para desconectar la línea, agregar algo, y volver a conectarla.
Irene se quedó de pie en la oscuridad de la habitación, mirando a don Federico dormir con la boca entreabierta, y pensó en lo que había encontrado. Un capuchón de jeringa. Una pausa de cuatro minutos. Un sobrino dedicado. Y un viejo rico que empeoraba cada madrugada.
No era suficiente. Lo sabía. Si iba con eso a la dirección, el sobrino diría que el capuchón lo había dejado una enfermera descuidada, que la pausa la había hecho la bomba por un error técnico, que él solo venía a darle la mano a su tío. Y la sancionada sería ella, por meterse donde no la llamaban.
Al día siguiente, antes de irse a dormir, Irene fue a ver a Mercedes y a otra persona: Tomás, el jefe de seguridad del hospital, un exmilitar de pocas palabras con quien a veces compartía el café de las cinco de la mañana.
Les contó todo. Tomás escuchó sin interrumpir. Mercedes se fue poniendo pálida.
—Las cámaras del pasillo no graban dentro de las habitaciones —dijo Tomás al final—. Por privacidad.
—Ya lo sé.
—Pero el pasillo sí. Y la central de enfermería también. —Se rascó la barbilla—. Si alguien trae algo de afuera, lo trae en el bolsillo o en un maletín. Y si lo usa, tiene que deshacerse de lo que sobra.
Esa noche, Leandro Salgado llegó a las doce y cuarto, como siempre. Saludó a Irene con su sonrisa educada. Entró a la 308 y cerró la puerta.
Irene se quedó en la central de enfermería, fingiendo revisar expedientes, con el corazón latiendo tan fuerte que temía que se oyera en el pasillo. Mercedes estaba en el otro extremo, en la 315, con instrucciones de no moverse. Tomás miraba los monitores desde la caseta de seguridad, en la planta baja, con el radio en la mano.
A la una y media, la luz del timbre de la 308 se encendió en el tablero.
Irene se sobresaltó. Don Federico casi nunca llamaba. Caminó por el pasillo y abrió la puerta.
El anciano estaba despierto, con los ojos muy abiertos. El sobrino estaba de pie junto a la cama, con las manos en los bolsillos del abrigo.
—Mi tío dice que tiene sed —dijo Leandro—. ¿Podría traerle agua, por favor?
Irene miró a don Federico. El viejo la miraba fijo, con una intensidad extraña, y movió los ojos, apenas, hacia su sobrino. Una vez. Dos veces.
No tenía sed. Le estaba pidiendo ayuda.
—Claro —dijo Irene—. Ya vuelvo.
Salió al pasillo y no fue por agua. Fue hasta el carro de curaciones que estaba junto a la puerta, desde donde podía ver la habitación por la rendija, y apretó dos veces el botón del radio que Tomás le había dado. Dos veces significaba: ven ahora.
Por la rendija vio a Leandro sacar la mano del bolsillo. Tenía algo pequeño y translúcido entre los dedos. Se inclinó sobre la línea del suero, junto a la bomba. Don Federico intentó moverse, pero no tenía fuerza.
Irene no esperó a Tomás.
Entró en la habitación, encendió la luz de golpe y dijo, con la voz más firme que le había salido en la vida:
—Señor Salgado, aparte las manos del equipo, por favor.
Leandro se dio vuelta. La sonrisa educada había desaparecido. En su lugar había una cara que Irene no conocía, tensa, calculadora. Miró la puerta. Miró a la enfermera de un metro cincuenta y ocho que le bloqueaba el paso.
—Solo estaba acomodándole la sonda —dijo—. Se había doblado.
—No es una sonda. Es una línea intravenosa. Y no se toca.
Leandro guardó la mano en el bolsillo.
—Usted está muy cansada, señorita. Estos turnos de noche… —Dio un paso hacia ella—. Uno empieza a imaginar cosas.
—Puede ser —dijo Irene, sin moverse—. Por eso llamé a alguien para que me ayude a no imaginar.
Tomás apareció en la puerta. Detrás de él venían dos guardias más y, unos minutos después, el médico de guardia, despeinado, con cara de no entender nada.
En el bolsillo del abrigo de Leandro encontraron un frasco pequeño sin etiqueta y dos jeringas. El análisis tardó tres días en confirmar lo que contenía: un medicamento que, administrado en pequeñas cantidades, imitaba el deterioro natural de un anciano enfermo. Lo suficiente para que nadie sospechara. Lo suficiente para que, en un par de semanas, el corazón de don Federico simplemente se detuviera.
Leandro era el único heredero. Tenía deudas que nadie en la familia conocía. Su tío había decidido cambiar el testamento al salir del hospital. Leandro lo sabía porque el propio don Federico se lo había contado, sin imaginar las consecuencias.
Don Federico salió del hospital dos semanas después, recuperado, de peor humor que nunca. Antes de irse, pidió hablar con la enfermera del turno de noche.
—Usted vio lo que yo no quería ver —le dijo, sentado en la silla de ruedas, con la voz ronca—. Yo sabía que algo pasaba. Me sentía morir cada madrugada. Pero era mi sobrino. Uno no quiere creer.
—Usted me lo dijo con los ojos —dijo Irene—. Esa noche. Por eso entré.
El viejo sonrió, y por primera vez en dos semanas no se quejó de nada.
Irene sigue en el turno de noche del tercer piso. Sigue llevando su libreta en el bolsillo del uniforme. Las enfermeras nuevas se ríen un poco de ella cuando la ven anotar cosas que no caben en ningún sistema.
Irene las deja reír. Sabe que la noche tiene su propia lógica, y que a veces la única forma de entenderla es escribir, minuto a minuto, quién entra y quién sale cuando todos los demás duermen.