La otra familia
En el funeral de Gerardo Salazar había ciento veinte personas, y Consuelo conocía a ciento dieciocho.
Conocía a los compañeros de la empresa de transporte donde Gerardo trabajó treinta años. A los vecinos de la colonia. A los compadres, a las comadres, a los primos que llegaron de Guadalajara, a los amigos del equipo de dominó de los jueves. Conocía a sus tres hijos, sentados en primera fila con los ojos hinchados: Gerardo hijo, el mayor, que ya tenía canas a los treinta y cinco; Patricia, la de en medio, que no paraba de llorar; y Tito, el menor, que miraba el ataúd como si esperara que su padre se levantara y dijera que todo era una broma.
Las dos personas que Consuelo no conocía estaban de pie al fondo de la capilla, junto a la puerta. Una mujer de unos cuarenta y cinco años, delgada, de pelo negro recogido, con un vestido negro sencillo. Y un muchacho de unos diecisiete años, alto, flaco, que lloraba en silencio con la cabeza baja.
Consuelo los notó porque el muchacho tenía la cara de Gerardo.
No parecida. Igual. La misma frente ancha, las mismas cejas espesas, la misma forma de apretar la mandíbula cuando estaba aguantando algo. Era como ver a su esposo a los diecisiete años, en las fotos viejas de la boda de sus padres.
Consuelo sintió que el piso de la capilla se inclinaba. Se agarró del respaldo de la silla.
—¿Estás bien, mamá? —le preguntó Patricia.
—Sí, mija. Es el calor.
No era el calor.
Al terminar la misa, cuando la gente empezó a salir hacia el cementerio, Consuelo buscó a la mujer del vestido negro. No estaba. Se había ido. Pero en el libro de condolencias, en la última página, había una firma con letra cuidadosa:
Rocío y Damián. Lo vamos a extrañar.
Consuelo no le dijo nada a sus hijos. Durante dos semanas no le dijo nada a nadie. Se dedicó a lo que se dedican las viudas: recibir visitas, aceptar guisados, firmar papeles, llorar en la ducha para que nadie la escuchara. Pero de noche, en la cama que ahora le quedaba enorme, pensaba en el muchacho con la cara de Gerardo.
La respuesta llegó sola, como llegan casi siempre estas cosas: en un papel.
El abogado de la familia la citó en su oficina para leer el testamento. Era un hombre mayor, amigo de Gerardo de toda la vida, y cuando Consuelo entró se le notó en la cara que estaba incómodo.
—Doña Consuelo —dijo, carraspeando—. Antes de leer el documento, hay algo que necesito explicarle.
Y se lo explicó.
Gerardo tenía otra familia. Desde hacía dieciocho años. Una mujer llamada Rocío Mendoza, que trabajaba como secretaria en la terminal de autobuses de Querétaro, donde Gerardo hacía la ruta tres veces por semana. Un hijo, Damián, de diecisiete años, que estudiaba la preparatoria. Una casa pequeña en una colonia de las afueras de Querétaro, a nombre de Rocío, que Gerardo había ayudado a pagar.
Y en el testamento, Gerardo dejaba a Damián la cuarta parte de todo lo que tenía. Exactamente lo mismo que a cada uno de sus otros tres hijos.
Consuelo escuchó todo sin decir una palabra. Cuando el abogado terminó, le preguntó solo una cosa.
—¿Mis hijos saben?
—Todavía no. Pensé que usted querría decirles.
Les dijo esa noche, en la mesa del comedor, donde tantas veces se habían sentado los cinco a comer.
Gerardo hijo se levantó de la silla tan rápido que la tiró al suelo. Gritó que era mentira, que su padre nunca, que el abogado estaba loco. Patricia se quedó pálida, inmóvil, con las manos sobre la boca. Tito no dijo nada. Se levantó despacio, fue a su cuarto y cerró la puerta.
Los días siguientes fueron una guerra.
Gerardo hijo quería impugnar el testamento. Decía que esa mujer se había aprovechado de su padre, que el muchacho a lo mejor ni siquiera era su hijo, que había que hacer una prueba de ADN, que había que llevarlos a juicio. Patricia lloraba todo el tiempo y no quería hablar del tema. Tito dejó de ir a la universidad.
Y Consuelo, en medio de todo, no sabía qué sentir.
Sentía rabia, claro. Una rabia sorda, profunda, que le subía por el pecho cada vez que recordaba los viajes a Querétaro. Las noches que Gerardo dormía fuera "por la ruta". Los cumpleaños de sus hijos en los que llegaba tarde. Dieciocho años de mentiras.
Pero también sentía otra cosa, algo que no se atrevía a decirle a nadie. Curiosidad. Y una especie de lástima, extraña, por esa mujer del vestido negro que había tenido que quedarse al fondo de la capilla, junto a la puerta, sin poder acercarse al ataúd del hombre con el que había compartido dieciocho años.
Un sábado de marzo, sin decírselo a nadie, Consuelo tomó un autobús a Querétaro.
La casa de Rocío Mendoza era pequeña, de una planta, con la fachada pintada de azul claro y una jacaranda en flor junto a la puerta. Consuelo tocó el timbre con el corazón en la garganta.
Abrió Rocío. Al verla, se quedó completamente quieta, con la mano en la manija.
—Usted es la señora Consuelo.
—Sí.
Hubo un silencio larguísimo. Las dos mujeres se miraron de arriba a abajo, como dos boxeadoras antes de una pelea. Después Rocío se hizo a un lado.
—Pase. Voy a hacer café.
Se sentaron en la cocina, una cocina pequeña y ordenada con cortinas de cuadros amarillos. En la pared había fotos. Gerardo cargando a un bebé. Gerardo con un niño de cinco años en una feria. Gerardo con un adolescente en una graduación de secundaria. Fotos que Consuelo nunca había visto, de una vida que nunca había sabido que existía.
—¿Usted sabía que él era casado? —preguntó Consuelo, sin rodeos.
Rocío tardó en contestar.
—No al principio. Me dijo que era viudo. Cuando me enteré, ya estaba embarazada de Damián. Lo corrí. Volvió. Lo volví a correr. Volvió otra vez. —Se encogió de hombros, con los ojos húmedos—. Al final me cansé de correrlo. Damián necesitaba un padre, aunque fuera de tres días a la semana. Y yo… lo quería. Que Dios me perdone, pero lo quería.
Consuelo miró la foto de Gerardo con el bebé en brazos.
—Yo también lo quería —dijo—. Treinta y ocho años. Y ahora no sé a quién quería.
Hablaron durante tres horas. Se contaron cosas que nunca le habían contado a nadie. Rocío le contó de las Navidades que pasó sola con Damián porque Gerardo tenía que estar "con su otra familia". Consuelo le contó de las noches que pasó sola con tres niños porque Gerardo estaba "en la ruta". Descubrieron que las dos habían pasado dieciocho años esperando a un hombre que nunca estaba del todo con ninguna.
Damián llegó de la escuela a las cuatro. Al ver a Consuelo en la cocina se quedó en la puerta, con la mochila colgando de un hombro, sin saber qué hacer.
Consuelo lo miró. Era Gerardo a los diecisiete años. Pero tenía algo que Gerardo no tenía: una timidez en la mirada, una forma de bajar los ojos, que debía venir de su madre.
—Hola, Damián —dijo Consuelo—. Soy Consuelo. Era la esposa de tu papá.
El muchacho tragó saliva.
—Lo siento mucho, señora.
—¿Qué sientes?
—Existir —dijo él, y la voz se le quebró—. Sé que le hice daño a su familia solo por existir.
Consuelo se levantó. Caminó hasta él. Y sin pensarlo, como lo habría hecho con cualquiera de sus hijos, le puso una mano en la mejilla.
—Tú no le hiciste daño a nadie, mijo. El que nos hizo daño a todos fue tu papá. Y ya no está para pedir perdón.
Convencer a sus hijos le tomó meses.
Gerardo hijo fue el más difícil. Tardó medio año en aceptar conocer a Damián. Cuando por fin se vieron, en un restaurante neutral a mitad de camino entre las dos ciudades, apenas se hablaron. Pero al despedirse, Gerardo hijo le dio la mano, y al soltarla le dijo, con la voz ronca:
—Tienes la misma manera de comer que él. Con el codo en la mesa.
Damián sonrió. Fue la primera vez.
Patricia fue la que más rápido se encariñó. Tito tardó un poco más, pero terminó siendo el que más lo buscaba, porque tenían los dos la misma pasión por el fútbol y la misma mala suerte con las muchachas.
Nadie impugnó el testamento.
Han pasado cinco años. Damián estudia ingeniería en la misma universidad donde estudió Tito. Los domingos, a veces, viaja a la casa de Consuelo para comer. Rocío viene de vez en cuando. Las dos mujeres se sientan en la cocina, toman café y hablan de cosas que nadie más entendería.
La gente de la colonia murmura. Dice que no es normal que la esposa y la amante se lleven bien. Que debe haber algo raro.
Consuelo los deja murmurar.
Una vez, Patricia le preguntó cómo había podido perdonar a Rocío.
Consuelo pensó mucho antes de contestar.
—No tuve que perdonarla, mija. Ella no me debía nada. Las dos estábamos esperando al mismo hombre en la misma ventana, cada una en su ciudad. —Tomó un sorbo de café—. Lo único que hice fue dejar de esperar sola.