El mercado de los sueños
Benjamín tenía diez años y la misma pesadilla todas las noches desde hacía un mes.
Siempre empezaba igual. Estaba en su cuarto, en la cama, y se despertaba porque olía algo raro. Un olor dulzón, pesado, que se le metía por la nariz y le daba dolor de cabeza. Se levantaba. Iba al pasillo. El pasillo estaba lleno de una niebla amarilla. Y al final del pasillo, en la puerta de la cocina, había un hombre de humo con los brazos abiertos que le decía: Despierta. Despiértalos. Despierta.
Ahí se despertaba de verdad, gritando, empapado en sudor.
Su mamá le decía que eran nervios por el cambio de escuela. Su papá le decía que no viera tantos videos de miedo. Su abuela Ernestina, que vivía con ellos desde que enviudó, no le decía nada. Solo lo miraba con una cara rara y le dejaba una ramita de ruda debajo de la almohada.
La ruda no funcionó.
Una noche, después de despertarse gritando por décima vez esa semana, Benjamín no pudo volver a dormir. Se asomó a la ventana. Su casa daba al río, un río sucio y lento que atravesaba la ciudad, con un puente viejo de hierro que nadie usaba porque estaba cerrado desde hacía años.
Debajo del puente había luces.
No eran faroles. Eran luces de colores, pequeñas, que flotaban en el aire como luciérnagas. Y se escuchaba música. Una música suave, de acordeón y campanitas, que llegaba hasta su ventana como si viniera de muy lejos.
Benjamín se puso los tenis, el suéter, y salió por la ventana. Era la primera vez en su vida que hacía algo así.
Debajo del puente había un mercado.
Puestos de madera con techos de tela, iluminados con lámparas de colores. Vendedores que no se parecían a ninguna persona que Benjamín hubiera visto: una mujer altísima con el pelo hecho de nubes, un viejo pequeño con alas de polilla, un hombre con cara de gato y bigotes de plata. Y compradores que paseaban entre los puestos con bolsitas de terciopelo, mirando la mercancía con atención.
La mercancía eran canicas.
Canicas de vidrio de todos los tamaños y colores, ordenadas en cajas, en cestos, en bandejas forradas de seda. Y adentro de cada canica, si uno la miraba de cerca, se movía algo. Una playa con gaviotas. Un vuelo sobre una ciudad de noche. Una fiesta con globos. Un perro corriendo en un campo de girasoles.
Eran sueños.
—Bienvenido al Mercado de la Medianoche, joven —dijo una voz.
Era el hombre con cara de gato. Tenía un puesto pequeño con un letrero que decía Compra y venta. Sueños de segunda mano. Precios justos. Llevaba un chaleco de terciopelo morado y un monóculo en el ojo derecho.
—Tienes cara de quien carga algo pesado —dijo, inclinándose hacia Benjamín—. ¿Una pesadilla, tal vez?
Benjamín asintió, con la garganta seca.
—Todas las noches.
—Ah. Las recurrentes son las más cansadoras. —El hombre gato sacó de debajo del mostrador un aparato de latón con forma de embudo—. Yo te la compro. Me pones esto en la frente, cierras los ojos y piensas en ella. La sacamos y la guardamos en una canica. A cambio, te doy un sueño bonito. El que quieras del catálogo.
—¿Para qué quiere usted una pesadilla?
El hombre gato sonrió, mostrando unos dientes pequeños y afilados.
—Hay coleccionistas para todo, joven.
Benjamín no lo pensó mucho. Estaba demasiado cansado. Se puso el embudo de latón en la frente, cerró los ojos y pensó en la niebla amarilla, en el olor dulzón, en el hombre de humo con los brazos abiertos.
Sintió un tirón suave detrás de los ojos, como cuando se quita una curita. Y después, un alivio enorme.
Cuando abrió los ojos, el hombre gato sostenía una canica gris, opaca, con algo amarillo moviéndose adentro. La guardó en un cajón con llave.
—Ahora elige.
Benjamín eligió un sueño de volar. Una canica azul cielo con un niño adentro planeando sobre un mar de nubes. El hombre gato se la dio, y Benjamín volvió a su casa, trepó por la ventana, puso la canica debajo de la almohada y durmió como no había dormido en un mes.
Voló toda la noche. Fue el mejor sueño de su vida.
Durante una semana fue feliz. Dormía de corrido, se despertaba descansado, le iba bien en la escuela nueva. Su mamá dijo que ya se le habían pasado los nervios. Su papá dijo que había dejado los videos de miedo.
Su abuela Ernestina no dijo nada. Pero una tarde, mientras él hacía la tarea en la mesa de la cocina, se sentó frente a él y le preguntó en voz baja:
—¿Ya no sueñas con el hombre de humo?
Benjamín levantó la vista, sorprendido. Nunca le había contado a nadie lo del hombre de humo.
—¿Cómo sabe?
—Porque yo también lo soñaba, cuando era niña. —La abuela le tomó la mano—. En mi familia hay gente que sueña cosas antes de que pasen, mijo. No muchas. Solo las importantes. Mi abuela soñó el terremoto del treinta y ocho y sacó a toda la familia de la casa la noche antes. Yo soñé lo de tu abuelo, aunque no le hice caso.
Benjamín sintió que se le helaba la sangre.
—¿Y el hombre de humo?
—No sé quién es. Pero si te decía que despertaras a alguien, es porque algo va a pasar. Algo con humo. Algo con un olor raro. —La abuela le apretó la mano—. ¿Por qué ya no lo sueñas?
Benjamín se lo contó todo. El puente. El mercado. El hombre gato. La canica gris.
La abuela Ernestina se puso pálida.
—Vendiste un aviso —dijo en voz baja—. Lo tienes que recuperar. Esta misma noche.
Esa noche, a las doce, Benjamín salió por la ventana otra vez. Su abuela lo esperó despierta en la cocina, con un rosario en la mano y una taza de café que no probó.
El mercado seguía debajo del puente. El hombre gato estaba en su puesto, limpiando su monóculo.
—Quiero mi pesadilla de vuelta —dijo Benjamín.
El hombre gato levantó una ceja.
—Las ventas son definitivas, joven.
—Por favor. No era una pesadilla. Era un aviso.
El hombre gato lo miró durante un largo rato con su ojo de monóculo. Después abrió el cajón con llave y sacó la canica gris. Adentro, la niebla amarilla se movía más rápido que antes, como si tuviera prisa.
—Ya lo sé —dijo—. Por eso la compré. Los avisos son muy valiosos para los coleccionistas. Raros. Pero te la puedo vender. A un precio.
—¿Cuál?
—El sueño de volar. Y otro más. El más bonito que hayas tenido en tu vida. No el que te di. Uno tuyo.
Benjamín pensó. Su sueño más bonito era uno que había tenido a los seis años, en el que su abuelo, que ya había muerto, lo llevaba en hombros por una feria llena de luces y le compraba un algodón de azúcar del tamaño de una nube. Era lo único que le quedaba de su abuelo. No lo recordaba vivo. Solo en ese sueño.
—Está bien —dijo.
Se puso el embudo de latón en la frente. Cerró los ojos. Pensó en la feria, en las luces, en los hombros de su abuelo. Sintió el tirón detrás de los ojos. Y después, un vacío, como cuando se cae un diente.
El hombre gato le dio la canica gris.
Benjamín corrió a casa. Su abuela lo esperaba en la cocina. Juntos pusieron la canica debajo de la almohada de Benjamín, y él se acostó con el corazón desbocado.
Soñó con la niebla amarilla. Pero esta vez la miró con atención. Esta vez vio de dónde salía: de la cocina, de detrás de la estufa vieja, de un tubo de metal con una grieta pequeñísima. Vio al hombre de humo con los brazos abiertos. Y esta vez, por primera vez, le vio la cara.
Era su abuelo. El de la feria.
Despierta, le dijo. Despiértalos. Ahora.
Benjamín despertó. Olía algo raro. Un olor dulzón, pesado.
No era un sueño.
Corrió al pasillo gritando. Despertó a sus papás. Despertó a su abuela, que se había dormido en la silla de la cocina, muy cerca de la estufa, con la cabeza caída sobre la mesa. Abrió todas las ventanas. Sacaron a la abuela a la calle, medio inconsciente, mareada, con los labios de un color raro.
Los bomberos llegaron en diez minutos. Encontraron una fuga de gas en el tubo de la estufa. Una grieta pequeñísima, que llevaba semanas soltando gas poco a poco.
—Unas horas más —dijo el bombero que revisó la casa—, y no lo cuentan.
La abuela Ernestina se recuperó en el hospital. Cuando Benjamín fue a verla, le preguntó qué había tenido que pagar.
—Un sueño con el abuelo —dijo él—. El único que tenía.
La abuela le acarició la cabeza con la mano que no tenía el suero.
—No lo perdiste, mijo. Lo cambiaste. Tu abuelo vino a despertarte. Esa es la mejor forma de recordarlo que existe.
Benjamín nunca volvió a encontrar el mercado debajo del puente. Lo buscó muchas noches, durante años. Nunca había luces, ni música, ni puestos de madera.
Pero a veces, cuando no puede dormir, se asoma a la ventana y mira el puente viejo. Y le parece ver, muy de vez en cuando, una luciérnaga de color azul cielo volando sobre el río.
Dicen que es una canica con un sueño de volar adentro. Que un coleccionista la dejó escapar.